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julio 27, 2026

Discurso del Presidente

DISCURSO DE ASUNCIÓN DE MIGUEL ANGEL TORRES MORALES

A LA PRESIDENCIA DEL SENADO DE LA REPÚBLICA

Señores vicepresidentes del Congreso de la República; señoras y señores congresistas; señores ciudadanos.

Hoy el Perú recupera una institución tradicional de la República. Pero la verdadera importancia de este momento no consiste únicamente en reinstalar el Senado. Consiste en demostrar que nuestras instituciones pueden volver a merecer la confianza de los ciudadanos.

Porque el retorno del Senado solo tendrá sentido si sirve para reconciliar la política con los peruanos. Ese será el juicio más importante sobre nuestro trabajo.

Después de más de tres décadas, el país vuelve a contar con un Congreso bicameral. No regresamos para repetir una etapa anterior de nuestra historia. Asumimos una nueva responsabilidad, porque el Perú de hoy enfrenta desafíos distintos y necesita instituciones capaces de responder con mayor serenidad, mejor calidad legislativa y un profundo sentido de Estado.

Hay responsabilidades que se reciben como un honor. Y hay responsabilidades que, además, se reciben como un deber e implican una responsabilidad.

Hoy asumo ello con profunda gratitud y con la convicción de que ninguna autoridad encuentra su verdadera grandeza en el poder que ejerce, sino en el servicio que presta.

Permítanme compartir una breve reflexión personal. Todos llegamos a la vida marcados por personas que, muchas veces sin grandes discursos, nos enseñan el valor de la palabra, del trabajo, del sacrificio y del servicio. Yo tuve la fortuna de aprender esas lecciones en mi propio hogar.

Hace más de treinta años, mi padre, Carlos Torres y Torres Lara, presidió la Comisión de Constitución encargada de elaborar la Carta Política de 1993.

El Perú atravesaba entonces uno de los momentos más difíciles de su historia contemporánea. El terrorismo sembraba muerte y miedo; la hiperinflación destruía el esfuerzo de millones de familias; y las instituciones enfrentaban una profunda crisis de legitimidad.

Frente a una situación extrema se adoptaron medidas de excepción. Entre ellas, la creación de un Congreso unicameral, concebido para responder con mayor rapidez a los enormes desafíos que enfrentaba el Estado.

Hoy la historia me concede el honor de presidir el retorno del Senado. No encuentro en ello una contradicción. Encuentro una lección.

Las instituciones nunca son un fin en sí mismas. Son herramientas que la República debe perfeccionar cuando la realidad exige nuevas respuestas.

El Senado retorna no para mirar al pasado con nostalgia, sino para ayudar a construir el futuro con responsabilidad.

Con los años he comprendido que el amor más importante no es el que simplemente se siente, sino el que se decide vivir cada día. Amar es querer el bien del otro, incluso cuando exige sacrificio propio. Esa es la lógica de una familia. Y creo que esa debe ser también la lógica del servicio público.

Asumo esta responsabilidad con gratitud, pero, sobre todo, con humildad. Dios ha sido inmensamente generoso conmigo. Me permitió crecer en un hogar donde aprendí a amar al Perú, a valorar el Derecho y a respetar sus instituciones, mediante el ejemplo cotidiano, la palabra cumplida, el trabajo silencioso y el servicio a los demás.

También me regaló una familia que da sentido a cada uno de mis esfuerzos y que, con un amor silencioso, una paciencia infinita y una generosidad que pocas veces se ve, pero siempre se siente, ha sostenido cada una de mis responsabilidades.

La familia es nuestra primera escuela de humanidad y ciudadanía. Allí aprendemos la palabra dada, el respeto, la responsabilidad y la entrega desinteresada.

Invito, por ello, a cada colega, cualquiera sea su posición política, a recordar con gratitud a quienes hicieron posible que estemos aquí. Que el poder nunca nos haga descuidar a quienes nos enseñaron el verdadero significado del servicio.

Agradezco la confianza de quienes nos eligieron y respeto profundamente la decisión de quienes optaron por otra alternativa. Desde este momento nuestra obligación es la misma, frente a todos los peruanos.

Ellos no nos han pedido que dejemos de pensar distinto. Nos han pedido algo mucho más difícil: ser capaces de anteponer el país a nuestras diferencias para construir las soluciones que el Perú necesita.

Ese es el mandato que hoy recibimos. Pero debemos comenzar reconociendo una realidad que sería un error ignorar. Existe un profundo malestar en amplios sectores del país. Millones de peruanos sienten que el Estado llegó tarde o nunca llegó, y hay regiones que aún esperan oportunidades que no terminan de convertirse en realidad. Ese sentimiento merece ser escuchado con respeto y respondido con hechos.

Una República digna no puede pasar de largo frente al sufrimiento de sus ciudadanos. Está llamada a detenerse, escuchar y actuar. A ser sensible a las necesidades de cada peruano.

Debemos reconocer, con humildad, que muchas veces las instituciones no estuvieron a la altura. Muchos dejaron de creer porque nos vieron discutir demasiado entre nosotros y demasiado poco sobre los problemas reales de la gente.

Por eso no les pedimos que recuperen hoy la confianza simplemente porque el Senado vuelve a abrir sus puertas. La confianza no nace de una ceremonia. Se conquista. Se conquista, en suma, cuando los ciudadanos comprueban que fuimos elegidos para servir y no para servirnos del cargo.

Con esa medida seremos juzgados. No por la cantidad de leyes que aprobemos. Sino por el servicio que seamos capaces de dar. Porque una ley transforma verdaderamente un país cuando deja de ser un texto y comienza a cambiar la vida de las personas.

Durante más de veinte años he tenido el privilegio de enseñar Derecho en la universidad. Y con el paso del tiempo comprendí que las normas, por sí solas, nunca bastan. Las leyes pueden estudiarse y memorizarse. Lo importante es comprender las razones que las justifican, los principios que las inspiran, los bienes que protegen y las virtudes que exige aplicarlas.

Porque cuando el Derecho deja de mirar a la persona, corre el riesgo de perder también su sentido de justicia. Creo que esa debe ser también la vocación del Senado.

No basta con preguntarnos qué dice una norma. Debemos preguntarnos por qué existe, a quién protege y de qué manera contribuirá a mejorar la vida de los peruanos. Solo entonces la ley deja de ser un texto para convertirse en un verdadero instrumento de justicia.

Las instituciones son indispensables para toda República. Pero ninguna institución, por perfecta que sea su organización, puede sustituir las virtudes de las personas que la integran.

La honestidad no se decreta. La prudencia no se legisla. La justicia no nace únicamente de las leyes. Cada una depende, en última instancia, de la conciencia de quienes hemos recibido la responsabilidad de servir.

El poder no nos pertenece. Nos ha sido confiado temporalmente por los ciudadanos y solo conserva su legitimidad cuando se ejerce con humildad, prudencia y auténtica vocación de servicio.

Por esa razón, el retorno del Senado representa mucho más que una modificación en la estructura del Congreso. Representa una oportunidad para elevar la calidad de nuestras decisiones. La existencia de dos cámaras no busca hacer más lento al Estado. Busca hacerlo más prudente.

Ese debe ser el sello del Senado que hoy iniciamos. Un Senado que escuche antes de decidir. Que dialogue antes de confrontar. Que reflexione antes de legislar. Que piense siempre en las próximas generaciones antes que en la próxima coyuntura.

El Perú necesita instituciones fuertes, pero, sobre todo, instituciones confiables. La confianza será nuestro principal patrimonio y solo podrá construirse mediante una conducta coherente con los valores que proclamamos. No bastará con exigir transparencia. Debemos practicarla. No bastará con reclamar respeto por la ley. Debemos ser los primeros en cumplirla. No bastará con invocar el diálogo. Debemos ejercerlo incluso cuando resulte difícil.

La ciudadanía espera de nosotros algo más que buenos discursos. Espera ejemplos. Nuestros debates podrán ser intensos y nuestras ideas seguirán siendo distintas. Eso es propio de una democracia.

Pero jamás debemos permitir que las diferencias se conviertan en enemistades que paralicen al país. Los peruanos esperan firmeza en las convicciones, pero también respeto, capacidad de escuchar y disposición para construir acuerdos.

Ese espíritu deberá inspirar el trabajo de este Senado. Tenemos el privilegio de inaugurar una nueva etapa institucional. Hagamos que también sea el inicio de una nueva manera de ejercer la política. Que el Perú pueda decir, dentro de algunos años, que el retorno del Senado fortaleció nuestras instituciones y ayudó a reconciliar la política con los ciudadanos. Que supimos actuar con firmeza cuando fue necesario. Con prudencia cuando fue conveniente. Y con humanidad en todo momento.

Porque, al final, las personas olvidarán muchos discursos, muchas leyes e incluso muchos nombres. Pero jamás olvidarán si el poder que nos confiaron les sirvió para vivir con mayor dignidad, con mayor libertad y con mayor esperanza.

Que Dios nos conceda la sabiduría para hacer siempre lo correcto antes que lo conveniente. La prudencia para decidir con justicia. La fortaleza para perseverar cuando el deber resulte difícil. Y la humildad para recordar que toda autoridad es pasajera, pero el bien que hacemos permanece.

Que Dios ilumine nuestras decisiones. Y que Dios bendiga siempre al Perú.

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Congreso de la República del Perú

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